lunes 17 de diciembre de 2007

sábado 18 de agosto de 2007

El ritual del sacrificio

Según Frazer, los seres humanos poseen un instinto natural de inmortalidad, que podría provenir del sentido de la vida que cada hombre siente, concibiendo la vida como una energía de tipo indestructible que al desaparecer debía necesariamente reaparecer en otra, aunque la forma no fuera necesariamente perceptible para nosotros.

El gran problema de los seres humanos era entonces no romper esta unidad de renovación continua, debida a su necesidad de alimento, pues la vida vive de la vida y tomar vida de una parte del todo, permite que otra parte del todo permanezca viva. En la matanza de un animal, y en la perturbación del suelo y al arrancar las cosechas de la tierra, debió de sentir la gente que estaban violando lo que originalmente se les había dado, por lo que idearon rituales que restaurarían mágicamente lo que se había perdido.

Se tenía la sensación de que matar y comerse el cuerpo divino de la madre tierra era un sacrilegio que requería rituales de reparación que atrajesen su buena voluntad y eludiesen su ira.

El significado de la palabra sacrifico en latín es “hacer completo o sagrado” –sacer facer-, y parece que esto ha sido interpretado en el sentido de restaurar al todo algo que se ha perdido con el objeto de permitir que la vida continúe. La renovación de la vida se asociaba con el derramamiento de sangre ya desde el Paleolítico, cuando se cubrían los cuerpos con rojo ocre para ser sepultados en sustitución de la sangre, y se pintaban con él los cuerpos esculpido de las diosas, como la de Laussel. Esto sucedía porque se percibía la sangre como la propia fuerza de la vida y también porque aparecía cuantiosamente en los misterios del parto de las mujeres. Los ritos de las tribus primitivas de cazadores también actuaban a partir de la suposición de que no existe tal cosa como la muerte.

Campbell explicaba que si la sangre de un animal al que se matado se devuelve a la tierra, llevará el principio vital de vuelta a la madre tierra para su renacimiento, y la misma bestia volverá en la próxima estación para ofrecer su cuerpo temporal de nuevo. A los animales que se cazaba se los ve de esta manera como víctimas voluntarias que dan sus cuerpos a la humanidad, con la condición de que se celebrarán los ritos adecuados para hacer retornar el principio de vida a su fuente.

En el Neolítico se creía que la sangre de la víctima sacrificada que empapaba la tierra la fertilizaba realmente, haciendo crecer las cosechas. De modo similar, se creía que al pegar o golpear a la víctima con ramas con brotes u hojas, a menudo en los órganos genitales, se transmitía la energía vital de la victima a la tierra o al cultivo específico para cuyo crecimiento era sacrificada. En otros rituales se pensaba que el golpear a la víctima alejaba las influencias malévolas de la comunidad.

El mito de la Edad del Bronce de la diosa madre y su hijo-amante podría ofrecer una visión que aclare la lógica que hay tras la idea de que la muerte es necesaria para renovar la vida. El ascenso del dios en el Neolítico es paralelo al creciente descubrimiento de las leyes de la naturaleza por parte de la humanidad y de cómo colaborar mejor con ellas con el fin de sobrevivir. Llegada la Edad del Bronce, el principio generador de la creación se separa de la diosa madre, identificándose con el dios, de modo que diosa y dios son necesarios para la creación. El dios, que nace primero de la diosa y que luego se une a ella en términos de igualdad como su consorte, es entonces el aspecto de vida y de muerte del todo atemporal, de la matriz, cuando el vástago de la diosa es hembra, la hija es la nueva vida inherente a la antigua. En los mitos, el hijo-amante o la hija se pierden invariablemente en el inframundo mediante una muerte impuesta, y luego se les encuentra o resucita, al menos de modo parcial.

Otra manera de analizarlo podría ser con la gradual desaparición de la luna durante su fase oscura podría haber ofrecido una imagen de la idea de la necesidad de la muerte para renovar el principio de la vida. Al imitar la muerte aparente de la luna, las gentes ayudarían en la restauración de la fertilidad en la tierra. En el mito de la gran madre, la pérdida y el encuentro de su hijo-amante o hija parecía necesario para proseguir la regeneración. Si se identificaba a la gran madre con el ciclo de la luna, que es permanente e inalterable, y al hijo o a la hija con las fases individuales que crecen y menguan, su desaparición podría haberse interpretado como un sacrificio de retorno a la madre que permitía que el ciclo volviese a comenzar otra vez. Al representar la fase oscura literalmente, la práctica tribal sería matar y descuartizar una víctima sagrada que personificaba la luna moribunda, como imagen de la vida moribunda, sepultando las partes del cuerpo en la tierra, la madre para asegurar que el principio de la vida persistiese y que las cosechas volvieran a brotas. Es significativo que en el mito de Osiris se desmembra en catorce trozos, el número de días de la luna menguante.

En el ritual de sacrificio los seres humanos proyectan y canalizan su miedo a la muerte en un hombre o animal específico, con lo que la matanza de este particular ser vivo es al mismo tiempo la de sus propios miedos.

El sacrificio del rey dios

El mito del divino ser cuyo cuerpo es dado como creación y alimento para la raza humana se encuentra por todo el mundo como imagen del misterioso proceso por el que el Uno se torna lo Múltiple permaneciendo todavía Uno, explica también como lo múltiple puede morir, mientras que el uno no tiene fin. En algunos rituales agrícolas, al segar los cultivos se seleccionaba a una víctima para personificar el maíz agonizante, la luna menguante y la muerte del viejo año; su sacrificio permitía la renovación de la fuerza vital. Frazer, sugiere que en un tiempo este papel lo jugó el rey que a su vez jugaba el papel del dios.

En su libro, The Dying God, Frazer ha mostrado como el deseo de restaurar la unidad rota por la necesidad de alimento se tradujo en rituales, en los que el monarca, el sumo sacerdote, o en ocasiones, un niño, eran sacrificados al final de un período fijo, así como en tiempos de especial adversidad. El rey o el sumo sacerdote personificaba la energía de la vida que era divina y humana, cualquier signo de enfermedad o debilidad en el rey amenazaba el curso de la naturaleza y la continuidad de la vida, el sacrificio del rey viejo aseguraba entonces que se detuviesen las fuerzas de la decadencia, al igual que el establecimiento de un rey joven o nuevo renovaba la vida para toda la comunidad. En distintos momentos de la historia de diversas culturas, los animales comenzaron a reemplazar a los seres humanos en el ritual religioso: el toro, el jabalí y el carnero se sacrificaron finalmente en lugar del rey, en tanto que animales que concentraban y encarnaban sus poderes.

El hecho de que comenzase a evolucionar una variante de la idea arcaica del sacrificio ritual, el sacrificio de las víctimas de guerra, pudo ser un resultado de las invasiones arias y semíticas en Sumeria, según esta hipótesis, la exterminación absoluta de otros pueblos se convirtió en un nuevo modo mágico de eludir la muerte, y se creía que la sangre vertida en la batalla por el enemigo fertilizaba la vida del propio grupo tribal e incluso que incrementaba la potencia divina del mismo rey. Dado que el miedo es lo que articula los rituales de sacrificio, de esto se deduce que las comunidades que se sienten amenazadas, ya sea por fuerzas naturales o por ataque del exterior, aliviarán su miedo sacrificando a otros.

Atenea


En el arte clásico griego existen dos imágenes de Atenea bastante diferentes, la más familiar es la diosa severa, con yelmo y cinta, de paso firme y enorme escudo, la invicta virgen guerrera, guardiana de la ciudad, pero hay otra imagen más antigua de una diosa salvaje, coronada de serpientes, donde los áspides se enroscan en torno a sus cabellos y corona y sus cabezas rematan los pliegues de su túnica, sujetando firmemente una cabeza erguida del reptil en su mano izquierda.

Hesíodo, en su Teogonía, habla de una diosa, Metis, hija de Océano y de Tetis, pareja primigenia en el mito homérico de la creación y el equivalente de Apsu y Tiamat en Mesopotamia. Metis se convirtió en la primera esposa de Zeus, pero él descubrió que si su segundo hijo nacía perdería su poder:

Zeus, rey de dioses, tomó como primera esposa a Metis, la más sabia de los dioses y hombres mortales. Más cuando ya faltaba poco para que naciera la diosa Atenea de ojos glaucos, engañando astutamente su espíritu con ladinas palabras, Zeus se la tragó por indicación de Gea y del estrellado Urano. Así se lo aconsejaron ambos para que ningún otro de los dioses sempiternos tuviera la dignidad real en lugar de Zeus.

Pues estaba decretado que nacieran de ella hijos muy prudentes: primero, la doncella de ojos glaucos Tritogenia que iguala a su padre en coraje y sabia decisión…[…] Pero Zeus se la tragó antes para que la diosa le avisara siempre de lo bueno y lo malo.

Y él, de su cabeza, dio a luz a Atenea de ojos glaucos, terrible, belicosa, conductora de ejércitos, invencible y augusta, a la que encantan los tumultos, guerras y batallas.

En toda Grecia es la diosa de la ciudad por excelencia, la doncella armada que guarda la ciudad de enemigos exteriores y la organiza desde el interior. Palas, su otro nombre, significa “doncella”, como Partenón, la cámara de las doncellas que aun hoy en día se alza en la acrópolis como su templo. Nunca es madre natural de dios, diosa o humano, sino más bien madre adoptiva, amiga y consejera de los héroes de sexo masculino; aunque, en cierto sentido, es madre de la ciudad en calidad de patrona de la vida civilizada. Es la protectora personal del rey, como lo era la diosa de Creta.

Aún más antigua es su asociación con el colimbo y la lechuza. En un jarrón corintio del siglo VI a.C. Atenea aparece sentada en su carro; justo detrás de ella, posada sobre los caballos, se halla un ave con cabeza de mujer, identificada como un colimbo, una imagen tan arcaica revela que Atenea desciende de la diosa neolítica de las aves, cuyo equivalente era la serpiente cósmica, así como la diosa pájaro minoica y micénica


DIOSA DE LA SABIDURÍA

La diosa enseña a tejer, a trabajar con la lana, la carpintería y todas las artes manuales, cuyo éxito depende de la capacidad de tener en mente una imagen de finalidad.

En la imaginación griega Atenea inventó las bridas y el carro de caballos, ayudó en la construcción del caballo de madera con el que se derrotó a Troya, y también construyó el primer barco, es la representación de la acción civilizada como equilibrio entre la expresión de los impulsos y la acción de reprimirlos. El momento inicial en el proceso de control de un instinto podría perfectamente experimentarse como la acción de refrenar su urgencia con el fin de canalizarlo de un modo más efectivo.

Walter F. Otto, en su libro Los dioses de Grecia, llama a Atenea “diosa de la proximidad”, en un significativo contraste, las fuerzas descontroladas de los elementos, donde la fuerza se constituye en derecho, se convierten en el territorio de los dioses.

La diosa mantiene el control incluso en la guerra, en claro contraste con la furia salvaje e indiscriminada de Ares, a quien fácilmente derrota. Acude al lado de Aquiles cuando el héroe necesita autodisciplina y al de Ulises cuando necesita previsión y estrategia. En la Ilíada, Aquiles está dudando entre echar o no mano a la espada en su disputa con Agamenón:

Mientras revolvía estas dudas en la mente y en el ánimo

Y sacaba de la vaina la gran espada, llegó Atenea del cielo;

Por delante la había enviado Hera, la diosa de blancos brazos,

Que en su ánimo amaba y se cuidaba de ambos por igual.

Se detuvo detrás y cogió de la rubia cabellera al Pelida,

A él solo apareciéndose, de lo demás nadie la veía.

Quedó estupefacto Aquiles, giró y al punto reconoció

A Palas Atenea, terribles sus dos ojos refulgían

De manera significativa, Atenea se aparece en un momento de reflexión ocasionado por un enfrentamiento entre impulsos, como epifanía de la victoria del héroe sobre sus instintos desatados. De un modo similar, acude ante Ulises cuando se halla hundido en tristes pensamientos, para aconsejarle que, en vez de precipitarse a su palacio, se detenga un tiempo en conversaciones e indagaciones La diosa encarna la virtud de la contención, y sus ojos son emblema de una inteligencia lúcida que puede ver más allá de la satisfacción inmediata. En una ocasión planeó convertir en inmortal a un hombre llamado Tideo; pero cuando vio al héroe agonizante partir en dos el cráneo de su enemigo y engullir su cerebro, lo abandonó, llena de asco.

Lo que ofrece a sus protegidos es el buen consejo, el pensar cuidadoso o la previsión práctica, la capacidad de reflexionar y astucia.


Atenea y Medusa

Los antiguos orígenes sepentiformes de esta diosa se revelan en la leyenda de Medusa, a la que mata Perseo y cuya cabeza Atenea exhibe en su escudo. Medusa era la reina de las gorgonas, su cabello estaba formado por serpientes y la mirada de sus ojos convertía a los hombres en piedra. Originalmente, Medusa era una de las muchas nietas de Gea, la diosa tierra y el nombre Medusa de hecho significa señora o reina. Su rostro, no parece tanto griego como melanesio, en posición agazapada, con la lengua hasta la barbilla, los ojos abiertos en una amplia mirada y los brazos levantados, se asemeja al guardián del otro mundo de los cultos de Melanesia al cerdo, en los que era necesario dar en ofrenda a dicho guardián un cerdo para poder franquear las puertas. El efecto terrorífico de su mirada es el mismo que el de todos los guardianes cuya función es espantar a los no iniciados, y cuya imagen posiblemente se remonte a los leones paleolíticos. Además, en la leyenda griega, Medusa habita en los límites de la vida, en una cueva más allá del borde del día, es guardiana del árbol de las manzanas de oro, llamadas Hespérides, nombre que deriva del oeste, donde el sol se pone.

Atenea es quien hereda la cabeza, tal vez en virtud de la conciencia autodisciplinada, la que es capaz de convertir el terrorífico rostro del instinto en un escudo protector, quizá sea éste el significado del detalle en el que Perseo es salvado de la petrificación causada por la mirada de Medusa, lo que consigue gracias al espejo que le da Atenea, mediante el cual evita mirar directamente a Medusa, aunque puede verla reflejada en el espejo.

El reflejo, como la percepción de la imagen en el ojo de la mente, antes que la identificación instintiva inmediata con lo que se ve en el exterior, se revela así como la forma de afrontar y dominar el objeto que está en el exterior; más allá de esto, se sugiere que el objeto exterior que produce el miedo es, en último término, un miedo interno.


El mito de Atenea explora ante todo la cualidad de la reflexión, sus historias a menudo constituyen una meditación acerca del valor del pensamiento minucioso y pausado, o el del ver más allá de la reacción inmediata ante un acontecimiento. El hecho de que ayudase a tantos héroes implica que se recomienda el cultivo de esta virtud a aquellos que emprendan el heroico viaje hacia el autocontrol y la comprensión.

Artemisa


Ártemis, o Artemisa, la cazadora, con su arco de oro y sus flechas que gimen, que deja a su paso a los animales aullando y a la tierra estremeciéndose, es la diosa de la naturaleza salvaje y virgen y de los lugares inviolados de la tierra donde los humanos no se atreven a penetrar, señora de las montañas salvajes como la llama Esquilo, la diosa ama los claros arroyos y convierte los manantiales cálidos en aguas curativas.

Ella comprende la naturaleza de los animales y las aves salvajes, podía vérsela corriendo veloz a través de la montaña con sus ninfas tocando, danzando y lanzando lluvias de flechas, como se encuentra plasmado en la Odisea:

Como va por la sierra Ártemis, la brava flechera,

Ya recorra la anchura del Taigeto o ya el Erimanto,

Recreada en tirar jabalíes o ciervos veloces,

En su torno retozan las ninfas agrestes nacidas

Del gran dios que la égida embraza; se goza Latona

Y ella en tanto descuella en el grupo con rostro y cabeza

Bien notada aunque todas hermosas, así se erigía,

De sus siervas brillando en mitad, la inviolada doncella

Las ninfas son las divinidades que moran en los arroyos y en las flores, el alma viva de la naturaleza toma aquí forma de doncella, que bala y canta como las voces susurrantes de los arroyos, el murmullo de la brisa y de las flores rumorosas. A Ártemis se la llamaba “la que suena”, keladeine, procede de la música de la naturaleza salvaje, y cuyas formas posteriores se llamarían Ártemis o Artemisa.

Artemisa se convirtió en la diosa de los animales salvajes, título que se le da en la Iliada, heredando esta función de la diosa paleolítica de los animales salvajes de la caza, es la menos civilizada y la más primitiva de todas las diosas griegas, y su antiguo linaje se remonta al pasado lejano, a los tiempos remotos anteriores al cultivo de la tierra y a la construcción de las ciudades. Para una sensibilidad del siglo XX, encarna una sabiduría que en gran parte se ha perdido. La naturaleza de la misma es extensa pero también está presente en la parte animal, no domesticada de la naturaleza humana y en la necesaria relación entre una cosa y otra.

Con el transcurso de los siglos muchas tradiciones basadas en la experiencia convergieron en ella, albergando a la diosa pájaro, la diosa oso y la diosa hilandera de los husos que entrelaza la vida animal y la humana.

El nombre Artemisa no es griego, aunque ha llegado a nuestro conocimiento a través de inscripciones griegas, lidias y etruscas. Se encuentra por primera vez en las tablillas escritas de Pilos, relacionándola con la antigua diosa minoica de Creta, donde se le transfirieron las leyendas de las diosas Dictina, “la de la red”, Britomartis “la dulce virgen”, e Ilitia, diosa del parto. En las fiestas de primavera de Éfeso en Anatolia los ritos de sacrificio en su honor incluían una especie de corrida de toros, que recuerda las fiestas minoicas del toro.

Diosa de la caza

Ártemis es también la diosa de la caza y de los cazadores, lo que la contrapone como la madre de sus animales quien les da vida pero también muerte, por lo tanto esta diosa es a la vez cazada y cazadora, es la presa y la flecha que la abate.

Si tanto el animal cazado, como el cazador están bajo la protección de la diosa, ella es, definitivamente, quien da y quien arrebata, así que, en última instancia, los animales humanos sólo pueden tomar en su beneficio y por su consentimiento.

Pero esta dependencia de la gracia de la diosa viene acompañada del miedo de que el cazador no sea lo bastante puro como para tomar parte en sus rituales, de que el sacrificio de restitución no sea suficiente, de que su don pueda ser denegado o de que los mismos cazadores acaben convirtiéndose en su presa, por lo general el cazador afortunado colgaba la piel y los cuernos de su presa de un árbol o columna consagrado a Artemisa como señal de agradecimiento.


Diosa Virgen del Parto

Enseñaba a la mujer que daba a luz abandonar su identidad cultural y a permitir que la guíese la sabiduría del cuerpo, más profunda: “A través de mi vientre se desencadenó un día esta tormenta, pero invoqué a la celestial Artemisa, protectora de los partos y que se cuida del arco, y favorable acude siempre a mis súplicas”, así canta el coro en la obra de Eurípides, como reconocimiento las ropas de las mujeres que morían durante el parto, abatidas como fieras por la flechas de oro de la diosa se presentaban como ofrenda a Artemisa en Braurón.

También cuida del recién nacido, puesto que la lactancia de las crías de toda especie pertenece a la esfera de los instintos de la naturaleza, asegura la vida y espanta la muerte. Las jóvenes danzaban en su honor ataviadas con máscaras y disfraces de oso, explorando así la libertad de su propia naturaleza de oso, por lo que se les llamaba arktoi, “osa” (una representación más de la diosa neolítica).

Y sin embargo, Artemisa no era madre. Era la virgen intacta cuya túnica corta y ejercitada musculatura le daban el aspecto de un muchacho, durante las danzas de sus fiestas las chicas a menudo llevaban falos para celebrar que la diosa contenía en sí misma su naturaleza masculina.

Rodeaba a Artemisa una pureza, una inflexible autonomía, que conectaba los amplios espacios inexplorados de la naturaleza con la soledad que todo ser humano precisa para descubrir una identidad única.

Como diosa de las chicas solteras y de las madres parturientas, Artemisa une en sí misma dos principios opuestos, mediando entre ambos, quizás el hecho de que una sola presencia divina gobernase ambos aspectos de la vida ayudaba a las niñas a mentalizarse para el cambio de un estado al otro, es posible, además, que sirviese como recordatorio de que también la niña independiente y autónoma está presente en las relaciones de pareja, incluso si se tiene un hijo. Las chicas jóvenes que pensaban en casarse iban a bailar a sus fiestas, la noche antes de la boda las chicas consagraban sus túnicas a Artemisa, ninguna boda se celebraba sin su presencia.

Los sacrificios a Artemisa

Artemisa era, entre todas las dioses griegas, quien recibía los sacrificios más cruentos. Pausanias relata un sacrificio anual a Artemisa en Palas, toda clase de animales salvajes se arrojaban a una hoguera y se quemaban (lo mismo ocurría en Mesene, cerca de un templo de Ilitía, la antigua diosa cretense del parto asociada con Artemisa).

Parecería, por lo tanto, que la diosa que personifica el lado salvaje de la naturaleza es la que provoca el miedo más primitivo a depender de fuerzas que están más allá del control de los seres humanos, y cuyas leyes pueden violar, sin darse cuenta, así comienza la guerra de Troya cuando Agamenón ha matado un ciervo en una arboleda consagrada a Artemisa que, como retribución exige de Agamenón el sacrificio de su hija Ifigenia, mediante la astucia de su hermano Orestes, una gama es sacrificada en su lugar, pero la imagen de Artemisa todavía necesita sangre humana. Así que Orestes se lleva la estatua de la región de los tauros a la fiesta de Artemio taurópolos, donde se derramaba sangre de la garganta de un hombre

Artemisa y Hécate: Diosas de la luna creciente y de la oscura luna nueva

Cuando Esquilo habla de la mirada de su ojo estrellado quiere decir que Artemisa y el pálido resplandor de la luna creciente son lo mismo. Cuando la llamada diosa que ronda de noche, se iba de caza por las montañas, su luz era la de un destello fulgurante. Como virgen, Artemisa personificaba la luna creciente que renacía; Hécate personificaba la oscura luna nueva y Selena la luna llena.

Hécate, reina de la noche, como la llama la poetisa Safo, lleva una diadema brillante y sujeta en sus manos dos antorchas, ojos resplandecientes de la oscuridad. Quizás se trate de una imagen de la intuición que presiente la forma de las cosas que todavía no son visibles. Esto explicaría por qué, junto con Hermes, dios de la imaginación, es la guardiana de los cruces de caminos, donde aún no se sabe cuál es la dirección correcta. Sus compañeros eran los perros, animales que siguen un rastro ciegamente, que nos recuerdan al chacal Anubis del inframundo egipcio, que podía distinguir lo bueno de lo malo, y a Cerbero, el perro de tres cabezas que guardaba el inframundo de la antigua Grecia.

Hécate se identifica a menudo con la faceta oscura de Artemisa, el ser infernal en el que podía convertirse si se la ofendía, cuando ocultaba su luz. Sófocles retrata a Artemisa a imagen y semejanza de Hécate, cuando la denomina “la flechadora de ciervos, la que porta una antorcha en cada mano. En Áulide había dos estatuas de piedra de Artemisa, una con arco y flechas y otra con antorchas.

Artemisa como alma de lo salvaje, da expresión al lugar de la psique donde la humanidad se siente libre de las preocupaciones humanas, y al mismo tiempo, abierta los inmensos poderes indómitos de la naturaleza, otorgando un carácter absolutamente sacro a los ámbitos salvajes de la naturaleza y a los ámbitos salvajes del corazón humano que los reflejaban.


Si de dioses hablamos

Estoy en contra de la idea de que se llamen en un mismo ritual a pesar de ser de diferentes panteones, cada dios tiene su cosmos, y merecen respeto, por ejemplo llamar a Cernunnos y Aradia por la simple idea de que son dioses y lo único que tenemos que tomar en cuenta es que uno sea una Diosa y el otro un Dios, por favor hay que conocerlos más, si te vas con la idea de que Hécate es la diosa de las brujas y las encrucijadas y por eso sientes que es tu regidora (ya que tu te consideras bruja y así lo dicen unos cuantos libros) estás dejando atrás toda una historia que comienza en Tracia, a una serie de atributos (más de lo que cuenta el resumen) y que fue adaptándose de acuerdo a la civilización que la adaptaba, incluso he encontrado una web donde la autora se define hija de Hécate y que le pide que maldiga aquellas personas que están en contra de la escritora (a ver si no me acabo de echar solita la maldición).

Los dioses no son una simple lista que encontramos que enuncian en dos o tres líneas sus características generales, los dioses son tan complejos como nosotros, que aunque muchos fueron tomando características similares (y convirtiéndose en arquetipos) eso no les impide que tengan su sello particular, una historia, antes de ponernos a invocar a diestra y siniestra sin saber que es lo que estamos trayendo, lo mínimo que debemos hacer es investigar un poco de ellos, aunque mucho se encuentra perdido y no sabemos la fuente, la mitología acerca de ellos nos puede dar idea de quienes son.

En resumen, y antes de seguir perdiendo el hilo, los dioses merecen nuestro respeto y necesitamos acercarnos a ellos haciéndolos nuestros, aprender y reconocer su energía, no es solo etiquetarlos con dos o tres palabras, ya su esencia es más que eso.